La angustia me atraviesa el pecho y no puedo dejar de contemplar el escenario frente a mis ojos. Varanasi expresa una realidad subrealista a los ojos de una mente occidental que desea ser lo suficientemente fuerte para no juzgar.
Las emociones, los olores, las miradas y la ciudad entera se enquistan en mis venas, y por la sangre comienza a correr la vida y la muerte, la risa y el llanto, la ilusión y la desesperanza.
Los interrogantes florecen en cada esquina donde los paisajes se entremezclan entre el humo de cadáveres que brota a orillas del Ganges.
Las secuencias de una vida cotidiana me desorientan y paso los días sin poder internalizar lo vivido. Me siento para contemplar en el medio del camino que desemboca en sus extremos en los crematorios. Por momentos, solo quiero detenerme y no volver a caminar porque cada paso en esa dirección me encuentra con la muerte.
Y así como cada extremo del Ganges me recuerda lo finito de la vida, la vida se reafirma en lo efímero de los momentos. El presente reclama una consciencia más despierta y el pasado y el futuro se diluyen por algunos instantes.
La ceremonia de fuego comienza y Varansi se envuelve en un clima de festejo pero mi mente aturdida no deja de pensar lo que pasa en ambos extremos a orillas del Ganges.
La energía se siente densa, siento la necesidad de escapar.
Un nuevo año solar arranca en la ciudad de la vida y la muerte, y se siente raro un festejo que te pone a prueba todos los sentidos. Las emociones, los sentimientos y los pensamientos se resignifican, y sólo siento gratitud de haber tenido frente a mis ojos semejante danza para mis sentidos.






