Estoy volviendo en el tren camino a Paravur, Kerala, luego de haber visitado el Ashram de Amma. Los viajes en tren se convirtieron en una odisea pero también en un espacio para la reflexión y la escritura.
Me refugié muchas veces entre líneas, a lo mejor meditar se transformó en el juego de unir palabras para conectar con el presente cuyo sosiego permanecía travieso en la inmensidad de los destellos de una cultura inquieta.
Era difícil mantenerse en el anonimato entre los locales, y permanecer en calma así como también abstraerse del ruido, los olores y los interrogantes de una multitud de gente amable y curiosa que se sentaba a conversar al verte extranjero. Sin embargo, los medios de transporte fueron mi gran inspiración en aquél viaje ya que me resultaba imposible detenerme a digerir lo cotidiano en la vorágine de una sociedad que exacerbaba mis sentidos a cada paso.
Viajar suponía la calma de encontrarme y la adrenalina de sumergirse en un “nuevo paisaje” delimitado por la carrocería del tren, algo así como una nueva dimensión que me encontraba expectante frente a las historias que sobrevenían y se superponían a cada instante.
El hombre vendiendo té chai en el vagón nunca faltaba, al igual que las samosas fritas, los frutos secos, las barras de frutos secos azucaradas. Uff el el soan papdi… una especie de mantecol, lleno de azúcar y manteca que en cada bocado acariciaba cada parte de tu alma.
Muchas veces era una aventura permanecer en tu asiento frente a la multitud de gente que viajaba sin pasaje. Mujeres y hombres se acercaban a pedirte el instagram para permanecer en contacto, abundaban las selfies y la gente te ofrecía su ayuda o te invitaba a su casa con total naturalidad.
Las piernas apretaban y la cercanía desdibuja los límites entre los pasajeros. India expresaba en lo cotidiano sus crianzas, y por mis pensamientos viajaba la frase que me había dicho un amigo: “se duermen sintiendo la respiración del otro”. En ese instante todos los conceptos se desdibujaron, para empezar a recategorizar y escribir distinto y la aceptación se convirtió en la bandera para transitar ese viaje.
Me amigué con el “paisaje” y lo hice mío, lo tomé como un juego en el cual no tenía la posibilidad de resistirme. Fluí a cada paso con el latido del viento, y me entregué para fundirme en ese nuevo universo. Compré un cupón de tickets donde habitaba la esperanza sabiendo que “ese tren” me llevaría a un mejor destino, ese que apuntaba con una fecha en dirección al centro del pecho.
India se volvió hogar, y se fundieron en cada tramo nuestras diferencias, y descubrí que aquello que habitaba allí también habitaba en mí y que, en cada esquina, cualquier sentimiento al descubierto ya estaba trazado bajo las líneas de la palma de mi mano.
India me conectó con la sabiduría de reconocerme como parte del TODO.
India me devolvió la confianza y autoestima que habían sido arrebatadas por la furia del río oscuro en pleno monzón de agosto.
India me trajo calma y reconciliación.
India expresa la diversidad y la similitud en cada uno de sus recovecos y te desafía en cada “estación de tren.” Cada ticket es un portal hacia un viaje incierto con destino a las profundidades del ser.
Expresar en ese “viaje” con lápiz y papel todo lo que fui viviendo no fue una tarea sencilla, porque las emociones sobrepasaban la velocidad del tren que me llevaba a casa, entremezcladas de un olor similar a la pólvora y la brisa que soplaba en mi cara por la ventana abarrotada. En esas constantes fluctuaciones que sucedían al ritmo que marcaba la marcha de sus vagones, mi corazón trazó estas líneas para nunca jamás olvidarlas:
“Si hay algo que aprendí en India es que la mayoría de las veces las palabras sobran y que los silencios se vuelven necesarios; que contemplar es una virtud que he olvidado y que en un abrazo se acarician las 2 almas; que no importa el lenguaje sino el idioma universal del amor y que una mirada vale más que mil palabras; que hay que caminar despacio para ir más rápido, y que toda expectativa destroza lo maravilloso de lo incierto.
Si hay algo que aprendí de India es a conectar con el propósito de mi alma y a confiar en esa sabiduría innata que como una brújula me guía en mi recorrido bajo el cielo de lo incierto, donde las posibilidades son ilimitadas y se escurre entre mis manos la capacidad de control que me invita a fluir al ritmo del universo.
En India, el dolor se volvió efímero, la calma apareció en la inmensidad del desierto ambiguo y los miedos se convirtieron en los capitanes del peregrinaje, cobijados bajo el manto de un cielo azul teñido de estrellas que revelaba una lógica superior.
Y una huella de creencias comenzó a desdibujarse con el viento que soplaba de las montañas, y en la niebla del atardecer pude dibujar la confianza para comenzar a caminar distinto…”
Y como si fuese un electrocardiograma permanecen en estas líneas la memoria de un corazón que se exalta frente a un “viaje” que supuso el mayor de mis aprendizajes.
Y me repito estas líneas como un mantra, que se construyeron en ese tibio estado meditativo en el cual comencé a escribir esta nueva historia, donde los castillitos de arena se convirtieron en grandes imperios y la fortaleza que constituyen sus muros me dio el coraje para saltar al abismo sabiendo que ya lo tenía todo.






