El Ashram de Amma se encuentra en el sur de India, Kerala. Tal como lo describe Juan Sklar en su libro “Nunca llegamos a India”, “después de bajarte en la estación de tren tenes que tomar un tuk- tuk hasta el borde de una laguna muy angosta que se cruza por un puente enorme. Del otro lado empieza el predio. Es un conjunto de edificios, todos diferentes, conectados por calles de tierra pisada. Algunos tienen tres pisos, algunos quince. Algunos son solo una planta baja. En el centro un tinglado enorme…”.
Continuó relatando el escritor aquellas historias que escuchó acerca del Asharam de Amma, y describe un escenario fascinante e irresistible para un turista sin recelo y devoción por lo desconocido, queriendo ser contagiado por la luminosidad de Amma.
Parecía estar de suerte ya que Amma asiduamente se encuentra viajando por diferentes partes del mundo dando abrazos, y justo para esa época se encontraba en Kerala, a unas horas donde estaba haciendo el profesorado de yoga. Por ese motivo, en mi día libre, con algunos de mis amigos, decidimos embarcarnos en esta “abrazosa” aventura.
Recordaba una frase de aquél libro: “un abrazo de Amma te puede sanar”. Estaba muy entusiasmada por recibir ese prometedor abrazo, y no quería irme de India sin poder vivir esa experiencia. Sin embargo, las expectativas de recibirlo se volvieron irreconciliables con la realidad por lo que no puedo dar una devolución acerca de su potencial…
Llegamos al lugar, nos recibió una mujer vestida de blanco, nos llevó a una recepción para hacer el ingreso, nosotros estábamos de paso, por el día, pero si queres podes alojarte ahí el tiempo que quieras a un precio muy accesible. Luego, nos devolvieron los pasaportes junto con un papel que rezaba “NO DARSHAN”. Nadie sabía muy bien lo que significaba en ese momento.
Apenas agarramos el primer pasillo que te lleva hacia el citado tinglado vimos un cartel que rezaba “AMRITA DARSHAN”. Finalmente, comprendimos que “darshan” significaba “abrazo”, sin embargo en el Asharam donde abundaban los abrazos teníamos un papel que decía lo contrario.
Desmoralizados continuamos la marcha para descubrir cada uno de los rincones de este esperanzador Asharam. A medida que avanzábamos en el recorrido, el paisaje cotidiano que rodeaba el Ashram me enervaba todos los sentidos. Frente a mis ojos, había una jaula con un elefante encerrado que realizaba movimientos que parecían automatizados: agarraba con su trompa la comida del suelo, la subía hacia lo alto y la volvía a depositar y así sucesivamente, una y otra vez… Las cadenas sostenían sus patas y su desasosiego revelaba su incomodidad.
Unos pasos más adelante, nos encontramos con una chica argentina, conocida de mis amigos, no recuerdo su nombre pero si la expresión de su rostro al hablar de Amma. Una sensación extraña empezaba a invadir mi cuerpo, algo así como una especie de incomodidad por la energía del lugar y su devocional relato. Sin que le preguntáramos, nos contó cómo había llegado al Ashram y nos manifestó que por fin había encontrado a su “Maestra”. Su vida era inconcebible sin Amma, su bienestar, de cierta forma, dependía de ella.
Lamento no tener detalles profundos de aquél diálogo, ni muchas fotos del lugar para compartir, no había nada allí que, por aquel entonces, quisiera que ocupara lugar en mi memoria ni en la de mi teléfono. Sin embargo, todavía recuerdo los ojos vidriosos de esa chica al hablar de Amma.
Atravesamos el tinglado que se ubica en el centro del Ashram en el que hay un escenario donde Amma da sus charlas, meditaciones y sus famosos abrazos, estaba repleto de sillas y mesas donde la gente se sienta a comer.
Había 3 restaurantes, uno que nos recomendaron que no vayamos porque era para locales y su comida transgredía los límites de cualquier paladar occidental; otro de comida hindú un poco más adaptada al turista y otro donde podías encontrar comida occidental. Éste último, era un verdadero oasis en el medio del Ashram para quienes ya veníamos un largo tiempo viajando por India: pizzas, pastas, sandwich, omelette, entre otros y unos dulces increíbles.
Continuamos el recorrido, entramos al templo de Kali, en su segunda planta había una tienda de ropa usada, pero cuando llegamos estaba cerrando. Pero para seguir en la línea de las cosas que me resultaron impactantes, había diversos cuadros con el cuerpo de la diosa Kali pero con la cara de Amma. Kali es una de las principales diosas del hinduismo. Es la deidad que representa la muerte y la destrucción pero también se dice que ella es la Madre o Madre Divina.
Sobre las 5 pm la gente empezó a amontonarse en el tinglado, Amma estaba llegando por los pasillos del Ashram rodeada de un séquito de personas. Se sentó en el centro del escenario mientras uno de sus acompañantes iniciaba el discurso.
Paramos a cenar en Kollam, en un restaurante local de comida india, comimos unas Dosas, plato tìpico del sur del país, una especie de crepe relleno de verduras acompañado de diferentes salsas. En un momento, uno de mis amigos salió corriendo al baño, a lo lejos podía verse que se estaba pegando de manera desesperada una “ducha” en el lavatorio. Nunca en mi vida había visto transpirar tanto a alguien, el picante desbordaba en cada una de las gotas de sudor y desdibujaba cualquier apreciación de un sentido del gusto confundido frente a tal sazón.
Llegó la noche y con ella, comenzaron a brotar las reflexiones. Cuando me preguntan cómo fue mi experiencia en el Ashram no puedo dejar de mencionar que cada una de mis reflexiones están guiadas por una opinión completamente subjetiva. Asimismo, no puede soslayarse, la impronta que habita en estas líneas de mi experiencia pasada cuyas fibras se exacerbaron de manera automática al recordar los estímulos de un entorno que me vistió de sentimientos entremezclados con una dosis de angustia.
Frente a los interrogantes cercanos que buscaban satisfacer las dudas acerca del merecimiento de visitar el Ashram y poder caer rendido ante los brazos sanadores de Amma, mi respuesta fue positiva, lejos de querer condicionar por mi experiencia concluida bajo la óptica de una subjetividad teñida de un recuerdos que renacieron a cada paso, considero que cada uno es merecedor de vivir su experiencia y examinar concienzudamente bajo su propio tamiz.
En el Ashram mi piel se erizaba al rememorar emociones y sentimientos enquistados en mi piel y la fachada se convertía en el lugar propicio para enaltecer la importancia de reconectar con nuestra propia divinidad interior.
Cada uno de nosotros lleva la divinidad en lo profundo de su corazón. Sin embargo, normalmente, nos focalizamos en cualquier recurso externo que nos brinde esa sensación de amor porque es la única manera que conocemos de relacionarnos. Creemos que está afuera aquello que va a venir a completarnos, a sanarnos, a iluminarlos, y perdemos la capacidad de reconocer el amor y el maestro que habita dentro de nosotros.
Cambiamos de “Dios” pensando en que esa “nueva religión” va a ser en verdad quien va a venir a socorrernos y nos aferramos fuerte en ese presente que pretendemos inerte frente al miedo de volver a equivocarnos. Nos sujetamos con fuerza a la codependencia, y nuestra identidad se desvanece en esa entrega.
Reconectar con esa divinidad implica un viaje hacia dentro y al presente. Volcar la atención hacia lo interno y dejar de poner el foco en lo externo. Reconocernos responsables de nuestras elecciones y reconocer el maravilloso poder transformador que habita en nosotros mismos.
Cuando reconocemos ese poder, las culpas atribuidas a otros se desvanecen y emerge la responsabilidad de construir nuestra propia vida.
En un trocito de papel escribí mi recorrido personal en unas palabras para no olvidar cuando dejé de ser víctima y me convertí en la protagonista de mi historia… “Y así fui… integrando todas esas piecitas de amor derrochadas al exterior para completarme.
Me di todo el amor que siempre había apostado afuera para no morir en el anonimato y me animé a caminar sola dispuesta a conocerme.
El camino estuvo desolado y oscuro, pero aprendí a ver la luz en la inmensidad de aquellas noches de soledad.
Me aferre a mi almohada muchas veces, y le conté mis sueños.
Les pedí fuerza a todas las deidades para que pudieran acompañarme en este viaje.
Excarbé entre mis pieles para remover el dolor y para conectar con el poder intrínseco de sanación que habita dentro mío.
Lloré todo lo que hizo falta, y en la inmensidad de esos remolinos reflotó la calma.
Empecé a tratarme con el amor y generosidad con los cuales siempre me era más fácil vestir a otros.
Integré el resultado de las experiencias para construir castillos de sabiduría.
Dejé de juzgarme y empecé a cantarme lindos mantras.
Elevé mis virtudes y me reconcilié con mis defectos.
Desandé mis miedos y los enfrenté para que seamos amigos.
Tomé mis brazos, los cruce frente a mis hombros y en ese abrazo nació la oportunidad de elegirme y honrarme todos los días por sobre todas las cosas, y descansé al reconocer que la divinidad es nuestra guia fundida de amorosidad que nos lleva hacia una vida plena. ”
Me permito dudar de la subjetividad que despierta la emoción al escribir cada línea, pero si hay algo que permanece inamovible es la idea de que abrazar nuestra divinidad es verdaderamente lo que nos puede sanar.
Tal como se ha dicho hace miles de años, busca el reino de “Dios” en tu interior, lo demás llegará por añadidura…






