Las flores ingresaron sutilmente en mi universo. Se instalaron en el centro de mis emociones y se hicieron amigas de mis pensamientos, mis dolores, y mis angustias. Me acariciaron el cuerpo y sanan constantemente mi alma.
Me hablan en silencio, respetan los míos. Visitan mis secretos y custodian todos mis procesos.
Me recuerdan constantemente que estoy viva y me mantienen en un estado de paz y de calma porque las flores no se preocupan por el mañana sino que viven tranquilas en el ahora sin tiempo.
Y aunque el tiempo no es lineal ni certero, no tenemos forma de escaparle a la muerte, al igual que las flores, que van marchitándose, reafirmando el ciclo de la vida.
Esa única certeza, me devuelve a la vida, donde me reconozco y acepto vulnerable, enraizada en la tierra, como las flores, enraizadas en mi cuerpo, en el que irán viviendo y muriendo. Y así las llevo, trazadas con gotas de tinta sobre mi piel, como un culto a la vida, a la muerte y a esa eterna parte vulnerable.






